El estado de bienestar

25 julio, 2012 § 13 comentarios

 

Todo comenzó el día en el que Maricruz dejó de reciclar los calzoncillos y se agarró con fuerza a la primera bayeta de microfibras, desde entonces vivimos, a mi juicio, en el estado de bienestar.

Tenemos un artefacto para cortar plátanos y tiritas de colores. Servilletas decoradas, pintura de pared con nombres de paraísos lejanos y Coca Cola Zero. Disfrutamos de los placeres del abre fácil y del papel higiénico húmedo. Sin duda la vida es mucho más llevadera cuando el aplicador del tampax es pearl y el detergente oxi-action y quién quiere ahora una lechuga que no venga lavada y en bolsitas. Y cuando más ilusionados estábamos por todo lo que habíamos logrado como país… Zasca, viene el gobierno y dice ¡Se acabó!

Suerte que todavía nos queda el Activia para cagarnos en todo sin mover un dedo.

Punset y yo

6 enero, 2012 § 5 comentarios

Hace unos meses descubrí por casualidad que Eduard Punset y yo habíamos nacido el mismo día, me hizo muchísima ilusión como si aquello significara que aquel 9 de noviembre en el café mañanero estuviera contenida toda su sabiduría y yo la hubiera apurado de un sorbo. Durante un instante fui feliz. En cuanto descubrí que también era el cumpleaños de Belén Estebán se me pasó.

Aún así me inundó un torrente de empatía con aquel hombrecillo de pelajos alborotados (siempre he pensado que eran neuronas que no le cabían dentro de la cabeza) y empecé a leer sus libros. En ellos me sorprendió la frescura de ideas, la ausencia de tópicos y el optimismo desbordante, tanto que los he convertido en mis únicos propósitos para el 2012.

Si tú no tienes dinero yo te ofrezco una idea a tu medida, si tú quieres seguir un camino marcado, yo prefiero saltar el seto, si tú quieres pasarte la vida quejándote yo prefiero vivirla que ya me parece bastante. Así que frente a toda la negatividad que se destila en el ambiente a mí como a Punset me sobran razones para pensar en un futuro mejor.

 

 

El retorno

4 octubre, 2011 § Deja un comentario

Lo mejor de irse de vacaciones en septiembre es contarlo en octubre, y en tu facebook. Junto a la gente que te quiere, que es tu amiga, que te odia, que te pondría una bolsa en la cabeza sin cobrártela… Pero tú ya vienes curada de espanto porque has estado practicando los 7 pecados capitales, a saber:

La lujuria: Si vas en pareja, “lujuriar” una vez al día es tan obligatorio como la tarjeta de embarque en el Dutty Free. Si vas sola, tu objetivo es “lujuriar”, nada de piedras que van a estar ahí toda la vida. Corres el riesgo de acabar “lujuriándote” sola, pero al menos has cambiado de escenario.

La gula: En los desayunos buffet. Oye ¿Qué tendrán?, aparte de fruta pelada, para que un lunes te metas “pal” cuerpo, dos huevos revueltos con bacon, un yogur con muesli (que ni te gusta el alpiste ni “ná”) y tres “cruasanes”, abandonando así la dieta del austero cortado.

La avaricia: Por ponerte morena, que el tono en realidad te da igual… lo que quieres es que se note que has estado de vacaciones. Que es que no nos damos cuenta pero a los caucásicos se nos va de las manos y venimos ¡NARANJAS!.

La pereza: De bajar a la playa o quedarte en la piscina. De salir a cenar o pedir una pizza. De ducharte o acostarte con el pelo sucio. De quitarte el pijama o no. De la vida en general y de todo en particular.

La ira: No es lo más común, por pereza nada más, a lo más un leve mosqueo porque te roban la tumbona pese a ondear en ella tu toalla recién estrenada o una cara larga porque la Coca-Cola ostenta el pronombre de “es-de-grifo”. Pero ¡Ay! cuando llegas a casa… y tienes que deshacer la maleta, y la lavadora, y el despertador, y el ficus que se ha muerto. No voy a ponerme dramática.

La envidia: Que va creciendo en ti cual Hidra cuando sabes que el vecino llegó 15 días antes y se marcha 15 días después que tú, pero no porque tenga que ir trabajar ¡Que no! Que es que está “jubilao” y vuelve porque las noches se le hacen fresquitas… “Manda güé”.

La soberbia: Del primer día de trabajo después de vacaciones, que no te vistes con el traje de la boda de tu prima “el de la espalda al aire” de milagro, la mecha recién dada… el caso es impresionar. Te levantas 6 veces al baño, acompañas a los que fuman y te contoneas por la oficina como un pavo real libre de ojeras con todo su plumaje/bisutería desplegado con ese color naranja que contrasta con el gotelé… sabéis ¿no?

Como nada sale gratis después de pecar viene la penitencia: estoy a pechuga de pollo, me embadurno de crema para no pelarme y he vuelto al cortado y al contorno de ojos. Pero mira que “me quiten lo bailao”.

PD: Gracias a @gastronfo un periodista de los de verdad por iluminarme con el tema para este post. Mis queridos tuiteros nunca defraudan. Gracias Isaac.

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No quiero que me etiqueten

18 agosto, 2011 § Deja un comentario

Hoy vengo os vengo a hablar de Zara. No quiero meterme en el terreno de Miss P. o Isabel Serrano, a las cuales recomiendo fervientemente si te gusta lo de los trapitos, yo solo quiero hablar de lo que a mí me pica, en concreto sus etiquetas.

Exactamente, ¿a qué chino (porque esto ha sido idea de un chino, me juego una oreja) se le ha ocurrido la brillante idea de coserlas con sedal de pescar atunes? ¿Acaso es una conspiración de los gobiernos comunistas para mostramos las bondades de la acupuntura? Porque digo yo, que ya que coses la costurita… pues con lo que te sobra le das un puntada a la etiqueta, que es lo que ha hecho mi madre toda la vida de Dios: el hilo que sobra, ‘pa’ hilvanar. Y quiero recalcar puntada en singular, porque tengo yo una camiseta, que ya pasó a ser pijama, que ahora es trapo de los cristales, con su etiqueta de Trafaluc. ¡INTACTA!

Después está el tamaño, que como casi todo en la vida importa, y mucho. No hay ninguna necesidad de que sea una segunda cinturilla de la camiseta, tampoco tiene que convertirse en el salva slip del bikini y si hablamos de vaqueros, todo el mundo sabe que la etiqueta va por fuera, como en los Levi´s.

Por último me preocupa la extensión. Como diseñadora gráfica, recomiendo a Inditex paginar las etiquetas para no perderse con las instrucciones de lavado y lo más importante de la composición de la prenda en japonés, que mira llámame ‘especialita’ pero yo si no la leo en al menos cinco idiomas no me inspira confianza.

Así que aquí me tenéis, me he gastado 16 euros en tres camisetas y llevo tres cuartos de hora quitando etiquetas. Me pregunto cual será el contenedor correcto para tirarlas porque paradójicamente en ningún sitio describen su composición… Mejor al orgánico y que se fundan con las cáscaras de plátano, a ver si así no las vuelven a coser nunca. Arrrrggg!

Me voy

16 julio, 2011 § Deja un comentario

Nunca entendí para que me serviría saber hacer un mantelito de punto de cruz que dijera “Felicidades Mamá”, sin embargo les hubiera estado eternamente agradecida a las monjas si en algún momento de los tantísimos años que pasé bajo sus sobacos, me hubieran enseñado a hacer una maleta. Mi madre también.

A dos horas de marcharme a la playa, miro el montón de ropa que está encima de la cama. Me da miedo. Estoy segura de que ahí debajo vive una familia de rumanos. Pienso: en que momento pasó de tres camisetinas que no he colocado a tres lavadoras de color y una de blanco. Pienso: en invierno no tengo ese problema, la ropa tarda más en secarse. Pienso: me estoy desviando del tema. Pienso. Abro una cerveza.

Después de una hora de procrastinar, sigo sin hacer la maleta. Cojo papel y un bic, así será más fácil, me digo, porque no se te olvida nada. Se me va la pinza garabateando y me encelo con el dibujo. Acabo. Me queda media hora. Pienso. Abro la maleta, un, dos, tres, cuatro, cinco días, seis bragas, ocho por si acaso, seis sujetadores, siete por si acaso. Pienso. ¿Por si acaso qué?. ¡El cepillo de dientes! Que no se me olvide. Bueno ya que estoy, hago el neceser. Pienso. No sé lo que voy a necesitar, mejor que sobre. Pienso. Miro el montón de ropa. Cubico. Me cabe todo, hasta la familia de rumanos. Abro la maleta. Tó pa dentro.

Me voy a la playa. Fin.

El dibujo que veis es la lista de cosas que tenía que meter en la maleta. No llevo chanclas. Ni pijama. En fin…

Que me lo quitan de las manos

3 julio, 2011 § 2 comentarios

Es un tema muy manido, lo sé, pero yo no me canso de hablar de las rebajas. Es más, puede que en el fondo me guste más hablar sobre ellas que pelearme por una camiseta en el H&M. Ya… ahora es cuando todas las chicas pensáis: joder, que exagerada yo jamás me he pegado con nadie y menos por una camiseta. Bien, pues yo tampoco, pero le hubiera dado una guantá con la mano abierta a la prejubilada que se te cuela en la cola y otra, a la adolescente de los leggins que entra al probador con 15 prendas y otras tantas amigas. Ahora ya me entendéis…

Seamos realistas, a la mayoría nos gusta sufrir, no nos basta con los tacones de una boda o con el rimel a 40 grados, no. Al menos yo para realizarme como mujer necesito un mínimo de 35 minutos de espera en una caja y otros 20 de probador y todo para ahorrarme 8 euros en 3 prendas. Que no es por el dinero, que también, sino por contárselo a mis amigas que es lo que de verdad te pone.

¿Somos conscientes de que hacemos un gasto superfluo de energía y dinero? Por supuesto ¿Cuál es la  mejor manera de limpiar nuestras conciencias? Hacer partícipe de este, nuestro sufrimiento, a un marido, a un novio o a un follamigo. Que sí hombre, que las penas con Fran son menos. Así que pasamos todo el día mareando al susodicho, que el pobre Fran a las 7,30 de la tarde, te dice ya que el saco de patatas que te estás probando te queda de muerte porque te hace cinturita.

Para acabar, permitidme un consejo, sin ser yo nada de eso: jamás, pero jamás de los jamases sobrepaséis el límite del “cari, sujétame el bolso” porque cualquier día, y por una razón de puro equilibrio natural, tu churri puede sorprenderte con un  “sostenme el papel higiénico, que ya acabo”.

Para compensar este post, otro día os hablaré de la opinión que me merecen las pachangas de fútbol. Que aquí hay para todos, no creáis.

Los 39 escalones

10 noviembre, 2010 § 10 comentarios

Pues en éstas que un día vas y te miras al espejo y de repente una luz (que no es la de tu baño) te ilumina de manera diferente y entonces como en un momento de auto-revelación, lo sabes, ya está ahí: tu cara de 39, ¿tu cuerpo? bueno tu cuerpo puede pasar por 36, pero ese pómulo es de 39, sin duda.
No es que te hayas sugestionado porque una cajera del Dia te preguntara: “¿Quiere una bolsa o dos?” o porque un adolescente a golpe de empujón te escupa un “perdone”, ni siquiera porque después de un Saturday Night no seas capaz de aguantar los 10 decibelios de tu propia respiración, no, no es eso. Simplemente el universo y tu vida se confabulan para que en ese “instante decisivo” tu misma veas en tu jeta la edad que tienes.
Hay gente que envejece muy bien porque siempre fue vieja, otra que cuanto más joven quiere ser, más vieja parece. Están los que quieren vivir una segunda juventud y se quedan en una especie de adolescencia perpetua y luego están los que como yo, primero a regañadientes y después con cierto “regomello” aceptan finalmente que no se está tan mal después de subir 39 escalones, porque cuando miras hacia atrás lo que ves, te gusta.

¿Dónde estoy?

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